sábado, 21 de octubre de 2023

«Los de la Sierra» y los «Defensores de la Legalidad Democrática»



© María Dolores Rubio de Medina, 2023



«Cuánto va de oriente a poniente», dice nuestro refranero... ¡Y tanto! Al amparo de la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática, en nuestro pueblo están mostrando solo el «poniente», olvidándose que hay que partir del «oriente».


En Hinojosa del Duque se están colocando en  monumentos y en edificios particulares carteles conmemorativos del bando «de combatientes y defensores de la legalidad democrática», así reza, por ejemplo, el cartel situado ante el convento de las Concepcionistas. El pueblo (no soy tan ingenua, supongo que será la denominación del sector de los ofendidos con tal innovación), tan suyo y tan propio, ha rebautizado esos carteles hechos de metal con letras caladas, y pintados en negro, con el nombre de «las chapas». 


  No tengo que nada que decir sobre las frases que aparecen en «las chapas»; como diría mi admirado Shakespeare, son «palabras, palabras»; allá ellos, si consideran que lo reseñable, contradiciendo el espíritu de la Ley 20/2022, es señalar en «las chapas» sólo lo que ocurrió a partir del final de la Guerra Civil; eso es asunto suyo. Ahora bien, con la Ley en la mano, las víctimas en Guerra Civil, se inician el 18 de julio de 1936, con independencia del bando en el que estuvieran. ¡No, no, no..! No voy a exigir que también le pongan «chapas» a las personas detenidas, torturadas, violadas o asesinadas en Hinojosa desde el 18 de julio de 1936; o mejor desde 15 de agosto de 1936 al 25 de marzo de 1939, periodo en que el pueblo estuvo en manos del bando «de los defensores de la legalidad democrática», y lo digo con sus palabras, no con las mías. ¡No!


Lo que voy a contar es que, de nuevo, con una de las «chapas» se han topado con el dicho ese de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra; en este caso, con mi familia. Los seguidores de este blog ya saben lo que pienso sobre el monolito del cementerio, donde entre los nombres grabados en el granito se encuentra, presuntamente, el del torturador de mi abuelo materno. Y ya puestos, a todos, a los «hunos y a los otros», ampare Dios en su gloria.


Mucha gente, gracias a «las chapas» ha descubierto algunas cosillas pasadas en nuestro pueblo; a mí, cuatro personas distintas me han preguntado si era verdad eso de que el convento de las Concepcionistas fue una cárcel. Y una... ¡Qué quieren que les diga!, les ha contado «el oriente», «el poniente» y lo que hubo tras el «poniente».


Y ese «más allá del poniente», lo cuento aquí transcribiendo algunos párrafos de un capítulo de mi manuscrito «Memoria de familia», que escribir para dejar constancia de lo que había descubierto sobre el asesinato de mi abuelo paterno, cometido en 1945.



«LOS ROJOS Y LOS TAPADOS 

¿Quién iba a decir que el final de la Guerra Civil y la suerte de aquellos que habían pertenecido al bando republicano, y que aguardaban a que los juzgaran en la cárcel de Hinojosa del Duque, iba a tener repercusión en el desarrollo de la memoria de mi familia? 

Finalizada la Guerra Civil, las cárceles de los pueblos albergaron los rojos que habían sido detenidos a la espera de que fueran juzgados. Tanto en Belalcázar como en Hinojosa se produjeron huidas sonadas, protagonizadas por aquellos que aguardaban sus juicios, un proceso excesivamente lento porque los tribunales se encontraban desbordados, aparte de que se tardaba bastante con el papeleo. Era muy difícil reunir los testimonios necesarios para probar los hechos que servían para fundamentar las acusaciones. 

Con independencia de las pruebas, la mayoría de los encarcelados tenían clara cuál sería la sentencia. Pasaban por un proceso que los condenaba a muerte, salvo en las raras ocaciones que se demostraba que no tenían delitos de sangre, algo extremadamente dificultoso.

En Belalcázar una quincena de detenidos se escaparon la noche del 4 de agosto de 1939; en Hinojosa, se evadieron una veintena, durante la feria, la noche del 31 de agosto de 1940. 

En Hinojosa, Lázaro Leal, el Perdigón, maestro albañil, abrió un agujero en el muro del edificio de las monjas Concepcionistas, en cuyo convento estaba situada la cárcel, aprovechando el relajamiento producido por estar celebrándose la famosa feria de San Agustín. Por el boquete abierto escaparon una veintena de detenidos, seis de ellos fueron abatidos por los vigilantes. 

Estos huidos empezaron a ser conocidos como los de la Sierra, en otros lugares fueron llamados maquis, o en Pozoblanco, los tiraos al campo. Para sobrevivir, necesitados de alimentos, medicinas, bebidas, herramientas armas y otros enseres, estos grupos de evadidos, de vez en cuando, se organizaban y hacían visitas a los cortijos de la zona donde robaban. También se dedicaron a asaltar los camiones de comestibles que realizaban los portes desde las estaciones de tren de Almorchón, Cabeza del Buey, Zújar, etc. a los comercios de los pueblos de Los Pedroches. 

Desde 1940 –y hasta inicios de 1945–, la mayoría de estos huidos actuaron por libre, en grupos autorganizados. Fue a partir de 1945 cuando el Partido Comunista vio su potencial y empezó a organizarlos como vía opositora frente a Franco, mandando gente para que captaran a los huidos y los organizasen con cierta disciplina militar. 

Al margen de lo anterior, a los de la Sierra se les unió otro grupo de gente conocidos como los Tapados. Al parecer, muchos de ellos fueron víctimas de las consecuencias de la Guerra, de la falta de alimentos para todos, del paro y del rechazo que sufrían los familiares de los que habían luchado en el bando rojo. El hambre hizo  que muchos de ellos se dedicasen a asaltar los camiones de comestibles con la cara cubierta –de ahí que fueran conocidos como los Tapados–. Estos sujetos, casi siempre jóvenes, mantenían una doble vida en el pueblo, actuaban como si fueran personas normales y sin tacha, hasta que eran descubiertos y no le quedaba otra salida, si no querían acabar en la cárcel, que lanzarse al campo. Se dice que este fue el caso de Adriano Granados Aranda, el Tigre, un hinojoseño que vivía en el Camino de Sevilla de Hinojosa, con malvado protagonismo en esta memoria. 

Tanto los huidos de las cárceles –también hubo otra huida de la cárcel de Pozoblanco por esos años– como los Tapados, formaron agrupaciones que generaron el terror de la población, y que se dieron en muy pocos lugares de España, principalmente en los Pirineos, donde si eran conocidos como los maquis. 

La situación de estos pueblos del norte de Córdoba llegó a ser tan inestable que, en 1940, la Legión fue enviada la zona para mantener el orden y prestar cierta seguridad a la aterrada población, aún no repuesta de los horrores de la reciente Guerra. La Legión estuvo, por ejemplo, en  Belalcázar, uno de los lugares con mayor conflictividad social. La presión de los militares hizo que los huidos se refugiaran en tierras de Cáceres. Sin embargo, muchos de ellos volvieron a la zona del norte de Córdoba en el verano de 1941. Precisamente fue en ese año cuando la Guardia Civil comenzó a mandar una o varias parejas para que estuvieran con estancia en determinado cortijos (de propietarios afectos al Régimen) a la espera de los huidos.

(...)

Entre la gente del campo eran conocidas, de sobra, las correrías de estos desalmados. El que más y el que menos tenía preparada su vivienda por si aparecerían los de la Sierra pidiendo comida –en realidad la robaban, aunque el famoso Manual del Guerrillero escrito por Mario de la Rosa establecía que cada uno se pagaba su comida, raramente el consejo era puesto en practica–. Lo habitual era que la gente del campo, con costumbres aprendidas desde la Guerra, tuvieran preparado en el cortijo un zulo para esconder los alimentos. También era habitual que «las visitas de los rojos» se intensificaran cuando se había hecho la matanza, en tiempos fríos, en invierno, pues las heladas favorecían la soledad del campo y alejaban el temor a ser sorprendidos por las fuerzas del orden. 

(...)

Tras la visita de los de la Sierra, la «recomendación» de los huidos era que no contasen a la Guardia Civil «la visita». La mayoría de los cortijeros callaban; pero, a veces, los huidos dejaban algún rastro, o había algún chivatazo. 

Los cortijeros se hallaban entre dos fuegos, si denunciaban a los huidos podían ser objeto de represalias por estos; si no los denunciaban, la Guardia Civil, podía acusarlos de colaborar con los huidos. Cuestión aparte es que en esta época los interrogatorios que sufrían, tanto unos como otros, eran muy violentos. Los guardias no escatimaban medios para conseguir una declaración.

(...)».

Bueno, pues ya saben el «más allá del poniente» de algunos de los que estuvieron presos en el Convento de las Concepcionistas o en la «prisión de combatientes defensores de la legalidad democrática» y escaparon de la cárcel. 



Sevilla, 21 de octubre de 2023.



NOTA: He obviado poner las fuentes que si constan en el manuscrito original. 

Y no van imágenes, ni ganas tuve de acercarme para tirar unas «fotos» 

a «las chapas». No he querido, la verdad.

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