miércoles, 14 de agosto de 2019

Redescubriendo El Calvario de Villanueva del Duque


Se acaba de publicar el LIBRO DE FERIA DE VILLANUEVA DEL DUQUE (Córdoba) de 2019, entre un magnifico plantel de autores que aportan su sabiduría e investigaciones se incluyen las pocas líneas que he podido recopilar sobre uno de los monumentos histórico-naturales más desconocidos de Los Pedroches: LOS CALVARIOS.


Quien estuviere interesado de acceder a la lectura del breve artículo, titulado "Redescubriendo El Calvario", puede acceder directamente a la página del Ayuntamiento de Villanueva del Duque accediendo a este enlace:


Por mi parte, mi agradecimiento a la alcaldesa de Villanueva del Duque por otorgarme la oportunidad de escribir sobre uno de los elementos más misteriosos que forman parte de nuestro Patrimonio Comarcal y del que, desgraciadamente, apenas si conocemos algo.

Aprovecho para desear que disfruten felices días de Feria, y alguno de ellos que venga con el maravilloso enserio que tanto ilusiona de pequeños y tan excelente recuerdos deja de adultos. 

Maria Dolores Rubio



sábado, 29 de junio de 2019

#CuadernosColodros



El primer número de CUADERNOS COLODROS lo abre PABLO MANUEL RUBIO RAMOS, con un texto titulado: "De costumbres, ritos e histriomanías". 

Con fino humor, describe alguna de las costumbres y ritos que se practicaban -y se mantienen- en Hinojosa del Duque, Belalcázar y Villanueva del Duque. Al mismo tiempo, hace gala de su conocimiento de los "ritos de paso": nacimiento, bautizo, confirmación, servicio militar, noviazgo, boda, etc. que se aplicaban en en la primera mitad del siglo XX.

El enlace es el siguiente:




En segundo número  CUADERNOS COLODROS escribe MARÍA DOLORES RUBIO DE MEDINA. 

En el cuadernillo cuento "la letra pequeña" de un suceso que, en 1932-1933, sacudió a la sociedad hinojoseña: el homicidio del tercer Teniente de Alcalde a manos del Secretario del Ayuntamiento en una casa de vida alegre. A través del texto comprobaremos la atareada vida de nuestros protagonistas durante los plenos y comisiones del Ayuntamiento.


                                  El enlace es el siguiente:


  Veremos dónde me lleva esta nueva aventura.



Sevilla, 29 de junio de 2019.

viernes, 19 de abril de 2019

Los pozos de La Antigua



(c) María Dolores Rubio de Medina

Ahora que la presión sobre el famoso pozo de la ermita de la Virgen de la Antigua de Hinojosa del Duque ha decrecido. Ahora que ha quedado atrás ese momento cumbre del escándalo, provocado por el cierre del camino público, aquel en que se convirtió en «problema» hasta el punto que las Autoridades se dieron por enteradas y fueron a hacerse la pertinente fotografía para pasearla por las redes. Ahora que ya no hay bombardeo de noticias sobre el pozo y una no sabe si el problema ha tenido, o va a tener, solución, es buen momento para recordar otra historia sobre los pozos de los alrededores de la ermita.

Mi «cuento» sobre el pozo de La Antigua lo he descubierto en una novela. Supe que un libro citaba dos veces a Hinojosa del Duque y me entró curiosidad. Hablo de La mula, de la novela de Juan Eslava Galán, editada por Planeta en el año 2003, sobre la que también se hizo una película que, a la fecha, no he visto. 

Si nos atenemos al año de edición, comprobamos que la novela se publicó antes de la llegada al poder de Zapatero, gobernante con el que empezó aquello de la Memoria Histórica. Hago esta precisión porque la novela describe lo que ocurrió en los últimos meses de la Guerra Civil, desde junio de 1938 hasta el final de la guerra, y establece claramente el bando perdedor, sin subterfugios de ninguna clase. Dudo que hubiera podido publicarse un año más tarde.

Hace un mes, adquirí un ejemplar de La mula, una edición de bolsillo publicada en 2013. En el transcurso de su lectura he descubierto que las citas sobre Hinojosa son intrascendentes y que lo relevante es que Sierra Trapera, el Cerro de los Médicos, Sierra Patuda, el Cerro Mano de Hierro, Peñarroya-Pueblonuevo y los parajes que rodean a la ermita de la Virgen de la Antigua son los escenarios naturales a través de los cuales se desarrolla la trama de la novela.

Cubierta de la novela "La mula" sobre un mapa de Tomás López,
en el círculo rojo, la zona del Santuario de la Virgen de la Antigua,
Patrona de Hinojosa del Duque (Córdoba).
Fotografía de MD Rubio de Medina.

De todos los lugares citados, lo que me ha llamado la atención es, cómo no, que se mencione un pozo cercano a la ermita de la Antigua. En la novela puede leerse: «… el grupo rodea los muros de piedra de la ermita de la Virgen de la Antigua, patrona de Hinojosa, que la guerra ha respetado y toma la vereda de la derecha, que conduce al pozo del arroyo» (2013 : 110). Esta escena está datada entre el 3 de noviembre y el 19 de diciembre de 1938, lo señalo por desconocer si el autor toma los datos de la realidad. Mucha gente ha contemplado una vieja fotografía en la que se aprecia, claramente, los destrozos que sufrió el santuario de la Virgen durante el transcurso de la guerra, y que fue posteriormente fue reconstruido. Probablemente el ataque destructivo se produjo posteriormente, puede que el 5 de enero de 1939, día en el que, tengo entendido, se produjeron bastantes bajas en el entorno de la zona de la ermita.

Volviendo a la novela, al parecer en el «pozo del arroyo», se reunían contendientes de ambos bandos. «El sargento nacional intercambia un breve saludo con el sargento republicano. Los que se conocen de visitas anteriores se saludan, se agrupan, sacan de los matorrales la mercancía e inician el trapicheo. A los rojos les sobra papel de fumar, dado que las fábricas de Alcoy caen en su zona, pero no tienen tabaco. Los nacionales, por el contrario, carecen de papel, pero tienen tabaco, porque las vegas de Granada y Canarias caen en su jurisdicción. Antes que combatientes son fumadores» (2013 : 110).

Esta escena en la que contendientes de bandos contrarios, sea real o inventada, entablan negocios mercantiles en un pozo cercano a la Virgen de la Antigua, está descrita con tanta naturalidad que no hace saltar las alarmas en el momento que la lees. Más adelante, cuando aparece en escena Benavides, un periodista, que entrevista en Peñarroya al protagonista, te escandalizas de verdad, al reparar en lo anómalo del encuentro entre bandos enfrentados.

Benavides es un fulano que se lamenta de su mala suerte, pues llega a decirse a sí mismo: «¡Valle de los Pedroches! ¡Valle de los cojones! Es que hay que ser hijoputas: toda la guerra sin pegar un tiro y esperan a que venga yo para montar el cirio!» (2013 : 151), pero tiene algunas luces de honestidad en la frente. Se alarma, y con razón, cuando el protagonista le explica que «…en el pozo de la ermita de la Antigua. Allí nos juntamos a cambiar cosas y hablar» (2013 : 159).

Así que, como hemos leído, los pozos de la Antigua dan -y darán- mucho de sí, aparte de ser lugares de escondite, de conflictos sobre titularidad por tener acceso a través de caminos públicos, y puntos de  tránsito de la romería; podrían haber obrado el milagro de haber confraternizado a bandos enfrentados.

Ignoro si la historia que se cuenta en la novela está basada en hechos reales, pero prefiero pensar que sí, que fue otro “milagro” de la Virgen de la Antigua, ese que hizo que combatientes de bandos contrarios, en la bella dehesa que rodea su santuario, se comportasen como buenos hermanos. 

Creo que ha llegado el momento de recordar esta lección si lo fue, y si no, de reinventarla. Aquí dejo ese pozo, por si, algún día, quiere tenerse en cuenta por el bien de todos.

Viernes Santo, 19 de abril de 2019.

sábado, 23 de marzo de 2019

La actuación de Miguel Ranchal durante la Huelga General de 1934 en Villanueva del Duque



© María Dolores Rubio de Medina, 2019

La Huelga General de Octubre o la Revolución de Octubre se desarrolló entre los días 5 al 19 de octubre de 1934 durante el Bienio Radical cedista de la II República. Dentro de este período, me ha fascinado descubrir cómo se preparó y organizó la huelga en Villanueva del Duque; hubiera preferido conocer cómo se desarrolló en Hinojosa del Duque donde, al parecer, hubo encarcelamientos, pero no he encontrado documentos que me permitan desarrollar el tema. 

El 10 de mayo de 1936 –a poco más de dos meses del inicio de la Guerra Civil–, el presidente de la Agrupación del Partido Socialista Obrero de Villanueva del Duque, Galo Pulgarín, y el vicesecretario, Ángel Trujillo, firmaron una extensa carta mecanografiada a un espacio, de 5 folios, dirigida a la Federación Socialista de Córdoba, en la que defendían a su colega de partido, Miguel Ranchal, al que habían intentado correr de las candidaturas en favor de otras personas. Al parecer, el intento de exclusión  se produjo, entre cosas, porque se cuestionó la actuación de Ranchal durante la Huelga de Octubre. 

El 2 de febrero de 1936 se celebró el Congreso Electoral de la Federación Socialista de Córdoba, en el que, según los firmantes, se realizó una maniobra para desplazar la candidatura de Ranchal, León y Vinuesa. Se pretendió elegir la candidatura de Romero, Blanco, Carillo y Bujalance. El 3 de febrero de 1936 se celebró la Junta General del la Agrupación Socialista de Villanueva del Duque que denunció los hechos mencionados. Defienden las actuaciones de Rachal y piden a la Federación que el informe que realizan (la carta cuyo contenido resumo) figure en la próxima memoria del Congreso (supongo que se refiere al Congreso del Partido Socialista de Córdoba).

Los hechos que se describen en la carta en defensa de Ranchal son los siguientes:

  • El movimiento insurreccional en Villanueva del Duque había sido organizado y dirigido por Miguel Ranchal -por cierto, hasta su destitución el día 19 de octubre de 1935 fue alcalde de Villanueva del Duque; fue también dramaturgo con obras estrenadas en Villanueva de Córdoba de donde procedía; así como empleado administrativo de minas y sindicalista defensor de los derechos de los trabajadores-.

  • Miguel Ranchal desde el 25 de septiembre de 1934, aunque había dejado preparada la organización de la huelga en Villanueva del Duque, se encontraba con su familia de vacaciones en Fuente Agria (Villaharta). Había dejado recado que se le avisara si ocurría algo.

  • La huelga estalló en Villanueva estando su alcalde de vacaciones, donde conoció por radio los cambios del gobierno cedista del 4 de octubre de 1934.

  • El 5 de octubre, Miguel Ranchal se plantó en el cruce de Villaharta para informarse de lo que había pasado en Villanueva. La primera persona conocida con la que habló fue con Sánchez Carretero, de Belmez, quien le dijo que en Córdoba iba a comenzar la huelga y que se esperaba «lo que todos imaginamos». Poco después pasó por el cruce el Sauer (así se conocía el autobús que hacía el viaje entre los pueblos de Los Pedroches y la capital) en dirección a Córdoba, se paró un momento, y descendió del mismo Britos, quien le dijo a Miguel que era él la persona que había llevado desde Córdoba la orden de huelga a Villanueva del Duque, pero que cómo no lo encontró en el pueblo, no se la entregó a nadie, y se «trajo la orden con intención de entregársela en Fuente Agria», pero que la había roto por temor a ser registrado.

  • Los firmantes de la carta (Galo Pulgarín y Ángel Trujillo) escriben que «la huelga en Villanueva del Duque no había necesidad de declararla porque ésta estaba declarada desde hace muchos meses, ya que todos sabéis el paro tan tremendo que en esta localidad existe debido al cierre de las minas».

  • Ese mismo día 5 de octubre, Miguel Ranchal volvió a Villanueva del Duque, interrumpiendo sus vacaciones.

  • El 5 de octubre se conoció el fracaso de la Generalitat, que fue «un buen cacharro de agua fría para el proletariado».

  • El día 6 de octubre, los trenes circulaban normalmente y apenas pasó nada en Andalucía, Extremadura y Castilla (la Vieja y la Nueva), solo habían triunfado las acciones en Asturias, Palencia y León.

  • En Villanueva del Duque se propuso que los afiliados de la Agrupación Socialista ayudaran a los camaradas que habían sido detenidos por la huelga. En este pueblo, al parecer, no hubo detenciones, por lo que con dos o tres coches se dedicaron a socorrer a los presos de Fuenteovejuna, Peñarroya, Hinojosa, Villanueva de Córdoba y al «camarada Palomino que estaba desterrado en Torrecampo».

  • El 12 o 13 de octubre, Miguel Ranchal, que todavía no estaba destituido como alcalde, fue a Peñarroya por encargo de la Agrupación, con el pretexto de visitar la empresa –las oficinas de la compañía minera–, fue para informarse del estado de la huelga y ver cómo se podía ayudar a los presos y a los que estaban escondidos para no ser detenidos. Entre otras personas vio a Blanco, Montesinos, Pérez Luciano y se entrevistó con Miguel Burón (director de la empresa), al que arrancó la promesa de que no adoptaría represalias contra los trabajadores huelguistas. A este viaje los enemigos de Ranchal le dieron otra interpretación porque, al parecer, cuando cruzaba «el Llano» se le acercó un policía que, por orden del comandante militar, le obligó a marcharse de la localidad.

  • El 17 o 18 de octubre la Agrupación Socialista de Villanueva del Duque envió a Miguel Ranchal para entrevistarse con el Gobernador Civil de Córdoba para pedirle que cesaran los «martirologios» que se estaban cometiendo con Romero (Secretario de la Federación) en el Cuartel de Artillería. Se decía que le habían roto «dos o tres costillas y lo habían dejado moribundo»; también solicitó la libertad de algunos obreros detenidos preventivamente.

  • El 19 de octubre de 1935, junto con otros concejales socialistas, Miguel Ranchal fue destituido como alcalde, fue entonces, enviado por la Agrupación socialista a Madrid para informarse de lo necesario y visitar a los encarcelados.

  • Del 20 al 22 de octubre, fue de un sitio para otro, visitó el Cuartel de Artillería para entrevistarse con Romera, quien le dijo que había convenido con Azorin que  fuera a Montilla para entrevistarse con Francisco García y Manuel Sánchez, por si a estos los llevaban a Córdoba para hacer un careo con el Presidente y el Secretario de la Federación, para que supieran qué decir. No pudo realizar el encargo por estar los presos incomunicados; sin embargo, se encontró con Zafra, con el que convino escribir una carta explicando las instrucciones de Azorin para los presos, que hicieron llegar a estos en la cesta de la comida que les fue entregada por sus familiares.

Todas estas actuaciones durante la Revolución de Octubre hicieron que Ranchal cayera en desgracia entre los propios compañeros del partido provincial, hasta el punto que, como se indicó al principio, en el Congreso del 2 de febrero de 1936 pretendieron desplazar la candidatura de Ranchal, Vinuesa y León en favor de la de otros candidatos; por cierto, la carta de la Agrupación Socialista puntualiza los hechos que, según sus redactores ocurrieron, pero no aclara mucho la acusación concreta que le habían hecho a Ranchal, salvo que se cuestionaba su comportamiento durante el mes de Octubre de 1934 porque, a diferencia de otros, Ranchal no había sido encarcelado. Los firmantes se apresuran a decir que, aunque algunos otros líderes sí habían sido encarcelados, algunos habían tenido un trato privilegiado por parte de las autoridades, citándose el caso de Eduardo Blanco. Lo que defiende su Agrupación es el derecho de Ranchal a ser elegido frente a los intentos de desplazarlo de la candidatura por otros que, para «QUE SALIERAN MEJOR SUS TRAPACERIAS, TUVIERON QUE REZAR ALGUNA QUE OTRA SALVE EN LA PARROQUIA DE SAN PABLOS» (en la carta esta ironía consta en mayúscula, comentario muy doloroso, al realizarse en un periodo en el que un sector destacó contra cualquier manifestación religiosa).

En definitiva, en la carta citada, conservada en la Fundación Pablo Iglesias, lo que se describe es lo de siempre: una pelea por aparecer en las listas electorales, la cual ha servido para enterarnos, de forma parcial, cómo se organizó la huelga de Octubre en Villanueva del Duque. Una huelga en la que un alcalde, que se supone que tendría que mantenerse neutral para respetar el derecho a la huelga de unos y el derecho de otros a no hacerla y garantizar el orden de la localidad, no solo se identificó con un bando de los sectores productivos, sino que, además, fue un participante activo. Quizá por eso mismo pudo ser fue calificado de «lioso» por sus propios compañeros de partido; para definir la personalidad egocéntrica de esta persona, no hay que olvidar que, además, las cartas que envió al partido le sirvieron para dar consejos sobre el desarrollo de la Guerra.

A las pruebas me remito, la documentación que se conserva en el archivo de la Fundación Pablo Iglesias:

1- Carta fechada el 5 de octubre de 1937 dirigida Al camarada Ramón G. Peña (Valencia). No consta la firma de quien la escribe, pero se encuentra archivada bajo el nombre de Ranchal, junto a otra en la que sí aparece su firma. 

Obsérvese la nota a lápiz en el margen superior.




2. Carta sin fecha dirigida a Ramón G. Peña (Valencia), en ella se incluye una PD con las sugerencias de Ranchal respecto a lo qué debe de hacerse para impulsar la guerra en el Frente Sur.





       Si alguien tiene interés en las fuentes que he utilizado, todas se pueden descargar del archivo de la FUNDACIÓN PABLO IGLESIAS.

domingo, 3 de marzo de 2019

CUENTOS SOBRE EL HOSPITAL AMERICANO DE BELALCÁZAR




<==> NOTAS SOBRE EL HOSPITAL AMERICANO DE BELALCÁZAR <==>

                             
                 (c) María Dolores Rubio de Medina, 2019.

  • El primer relato inspirado en el Hospital Americano de Belalcázar lo publiqué en el V Volumen de la Generación Subway. Espíritu del Jazz, editado por Playa de Ákaba en agosto de 2016. Lleva el título de «Aquellos interminables días sin jazz en el Hospital Americano». La editorial nos propuso crear un cuento basado en el título de una canción de jazz. Les hice saber que aceptaba el encargo, pero que me negaba a utilizar como título del cuento el nombre de una canción de jazz, porque podría estar registrado; sin embargo, utilicé la canción My Last Affair como cita, y tomé como protagonista a una enfermera voluntaria americana, que llevaba en su maleta un disco de Jazz que arrastraba una macabra historia.

  • De ese relato, publiqué otra una versión personal más bella y cuidada, ilustrada con una fotografía de época –probablemente proceda del Archivo del Ayuntamiento de Belalcázar– del edificio del famoso Hospital Americano, localizada en Internet. Hoy, es imposible de fotografiar el edificio de forma clara por la frondosidad de los árboles que lo rodean; y mira que lo he intentado varias veces.

  • Este es el segundo que me inspira aquella aventura de los Internacionales que participaron en la Guerra Civil y  se instalaron en el edificio del actual Grupo Escolar Juan de Soto Alvarado de Belalcázar. Este relato está basado en la romántica historia que cuenta C. Márquez Espada en su libro Desde Sierra Morena a El Maestrazgo con los Internacionales, Editorial San Martin, Madrid, 1988. pág. 52, en la que el autor narra lo que sucedió cuando asistió una cena-fiesta en casa de las Suaras, dada por los Internacionales «(…) de la que guardo perenne recuerdo por lo bullicioso y desordenado comportamiento de los comensales. Hubo uno, sin distintivo alguno, de enorme corpulencia y con impresionante voz de bajo, que cantó una típica canción de película americana, subido encima de la mesa; originando, al ser correada por todos, un alboroto mayúsculo. Tampoco faltaron incidentes por cuestiones de faldas. Tanto que, al día siguiente, era enterrado en el cementerio de la población uno de los tenientes-médicos que asistieron a la fiesta, enfrentado al parecer con otro galanteador de una de las secretarias; aunque la versión oficial fue que se había disparado accidentalmente un tiro de su propia pistola, cuando estaba limpiándola». 
Con esas mimbres, "ICE BOY", este relato; para la canción popular he tomado la película Sucedió una noche que se estrenó en 1935; así saben ustedes que en Belalcázar hubo un Hospital Americano, y que éste es uno de los episodios que es más difícil de documentar en la historia de Los Pedroches. 


A ver si hay suerte y aparece por alguna lado de esta red, alguna  fotografía de la tumba del americano que perdió la vida en el lance amoroso o más fotografías del personal internacional del ocasional centro sanitario que estuvo instalado durante el año 1937 en Belalcázar.

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Ice Boy

(c) María Dolores Rubio de Medina, 2019.



El militar aporreó con la culata del revolver la puerta de la fábrica de hielo. A través del muro que separaba los cuartos, en el piso superior de la fábrica, Fernando escuchó las maldiciones de su padre. Las dos de la madrugada no eran horas de Dios para golpear puertas, ni para bien, ni para mal porque entonces sobraba llamar. Bastaba con descerrajar dos tiros en la cerradura, acto plenamente justificado en plena guerra. Nicaor saltó de la cama en calzoncillos, bajó al piso inferior, recogió de una carretilla el gancho de hierro para manejar el hielo como arma de defensa y la mascota, que se colocó con cuidado en la cabeza.
–Do they have ice? –se escuchó, entre dos golpes de culata.
Nicaor entendió un rábano, pero tenía olfato para los negocios y sabía a quién tenía que dar de fiado. Intuyendo que no había peligro, descorrió la tranca de la puerta. Al otro lado estaba el teniente-médico Whitte, alto, rubio, corpulento y dotado de una hermosa voz de bajo. El militar, sudoroso en aquella calurosa madrugada del 36, repitió aquello de do they have ice, mientras se abanicaba con un fajo de dólares. A unos pasos estaba la maltrecha camioneta que utilizaban los Internacionales del Hospital Americano de Belalcázar para desplazar los equipos y proveerse de alimentos y medicinas. 
–Niñoooooooooo…. –rugió Nicaor.
Fernando, desvelado por los golpes, estaba despierto. Con los ojos cerrados para concentrarse, trataba de escuchar los ruidos y las voces del piso de abajo. Sacó una linterna bajo la almohada, que guardaba junto a la fotografía de Claudette Colbertt que había distraído del tablón de la cartelera del cine de verano Cervantes, cuando proyectaron con un clamor apoteósico Sucedió una noche, para poder dormir todas las noches con una novia americana. Alumbrándose con la linterna, bajó a la fábrica y llegó hasta la puerta. El padre estaba en calzoncillos, con la mascota bien asentada en la cabeza y una mano a la espalda para ocultar detrás de su cuerpo el gancho de hierro que usaban para mover las barras de hielo.
–Niñoooooo, ¿qué quiere er sordao? –dijo Nicaor, mirando a su hijo.
El teniente Whitte miró sonriente al muchacho, sin dejar de sudar copiosamente en aquella calurosa madrugada.
–Ice?–repitió el americano, levantando las cejas y mostrando el fajo de dólares.
–Quiere ice, padre –tradujo Fernando.
Nicaor, cabreado, se descubrió la cabeza y estrelló la mascota en las narices de su hijo.
–No sé qué dice, padre –se disculpó Fernando, mientras intentaba cubrirse de los mascotazos con los antebrazos y apuntaba con la pesada linterna al cielo.
El capitán se anticipó al nuevo golpe, arrancó el sombrero de las manos de Nicaor y probó en francés e italiano: glace, glace, gelato, gelato, glace…
Fernando agradeció los buenos oficios del relojero de enfrente, que se había empeñado en educarlo como le placía, ante su falta de escuela, enseñándole el poco francés que había aprendido en la Guerra del Rif, de donde se trajo en 1926, además de una pierna menos, un estupendo estuche de médico repleto con los útiles de un relojero.
–¡Hielo, padre, quiere hielo!
Nicaor hizo pasar al militar al interior de la fábrica, encendió la luz que tenía contrataba con contador independiente a la Electro-Harinera de Belalcázar, S.A., una rareza, pues a casi todo el pueblo se le suministraba una bujía de luz, contratada a tanto alzado, que solo funcionaba en las horas que el Ayuntamiento le daba al interruptor. Le mostró al teniente Whitte la heladera con aquella barra de hielo, de un metro de largo por 40 centímetros de ancho. El americano aplaudió entusiasmado, sacó dos billetes de un dólar y se los tendió a Nicaor. 
–Boy a casa –chapurreó el americano.
Fernando recogió la caja de corcho que usaban para transportar el hielo. Clavó una punta del gancho, que había utilizado su padre como previsora arma de defensa, en un extremo de la barra y con habilidad repetitiva, levantó por un extremo el bloque de hielo mientras empujaba con un pie la caja de corcho hasta lograr que parte de la barra cayera dentro. Con otro puntapié, el bloque entero se deslizó hasta el fondo de la caja. 
Avariento de este puñado de billetes que el americano se había guardado un bolsillo de la pechera, Fernando agarró un frasco de refresco de limón que preparaba su madre en botellas de cristal de un litro, alcanzó una jarra con boca ancha y un cepillo de carpintero. Cerró la caja de corcho con la mitad de la tapa, se sentó a horcajadas sobre la parte cerrada y ¡rasssss!, dio cinco o seis pasadas de cepillo sobre la parte del bloque del hielo que estaba al descubierto. Llenó la jarra con las virutas de hielo, las regó con un chorro de limonada y se la ofreció al americano.
–Ohhhh, Ice boy! –el americano sacó otros dos dólares del fajo y se los tendió a Fernando, se acercó la jarra a los labios y lamió las virutas regadas con la limonada–. ¡Fresquito! –chapurreó acercándose la jarra a la frente para refrescarse.
El negocio se cerró por otros cinco dólares. Comprendía la barra de hielo, cuatro cajas de sifones, gaseosas y refrescos de colores para hacer granizadas, el alquiler del cepillo de carpintero y de Ice Boy, una vez que el americano comprobó, con riesgo de cepillarse los muslos, que no era fácil sacar virutas tan finas como aquellas que se deshacían, refrescantes, en la boca.
Cargaron en la camioneta la alargada caja con la barra del hielo, metida en otra caja de corcho más grande, con la finalidad de demorar el proceso natural que tenía el hielo para transformarse en líquido, y las demás botellas. Enfilaron la carretera y cruzaron a toda velocidad por delante del Hospital Americano. De improviso, Whitte dio un golpe de volante a la derecha y Fernando logró sujetar, de milagro, la caja de corcho para impedir que saliera volando de la camioneta. Por la calle Larga llegaron hasta la casa de las Suaras, la sede del Comisario Político del Hospital, donde se encontraba, en pleno apogeo, la cena-fiesta organizada por las Brigadas Internacionales que paraban en el pueblo. Una algarabía de voces con acentos ruso, alemán, italiano, inglés, polaco, francés y español lanzaron hurras cuando el teniente-médico Whitte, tirando de una cuerda atada a un extremo de la caja de corcho, presentó a su acompañante, el joven Fernando, que sostenía el otro extremo de la caja de corcho, como si fuera una pieza de caza:
–Ice Boy! –dijo a la concurrencia.
Ordenó que despejaran un espacio entre el desorden de gentes, vasos y botellas. Levantó la tapa de la primera caja de corcho, sacaron la otra que estaba dentro; le dieron la vuelta a la más grande y asentaron la pequeña encima. Ice Boy retiró la mitad de la tapa de la caja pequeña y se sentó a horcajadas sobre la otra mitad con su cepillo de carpintero. Calculó cuánto sobresalía la cuchilla, golpeó la cuña de madera con un extremo de la mano y ¡rasssss!, cepilló cuatro veces la barra de hielo. Con un cucharón llenó una de las copas que le tendió el doctor Whitte. Sacó una de las gaseosas de limón de la caja para regar las virutas, pero el médico se la arrancó de las manos y  descorchó hábilmente una botella de champán bajo las luces de aquella casa, profusamente iluminada con treinta bujías, alimentadas por un generador de gasolina. 
–Dr. Friedmann. –Whitte levantó la copa con el granizado, como pidiendo permiso a la figura vestida de blanco.
Friedmann desataca entre las cazadoras negras de los jerarcas de las fuerzas internacionales aunque era verano, las enfermeras vestidas con trajes de noche y con labios muy rojos, las botas y pantalones de montar de los brigadistas internacionales y la música que un voluntarioso aficionado intentaba arrancar de un piano bastante desafinado. Los americanos y los alemanes –altos, guapos y rubios– ocultaban a los camareros locales que se afanaban retirando vasos y botellas.
Whitte lo dejó claro, mostrando la copa: “¡Coño, Ice Boy, así!”, y ofreció la bebida a una mujer vestida con un traje de noche dorado, que llevaba mucho rímel negro en los ojos.
Ice Boy estaba enamorado de la Colbert, pero al ver como la copa de granizado de champán se acercaba a los labios rojos de aquella secretaria polaca, mientras brillaba el hielo bajo las bujías; y como, la mujer, tras el primer sorbo, parpadeaba repetidamente, llevándose la mano que no sostenía la copa al corazón, mientras exclamaba auuuuhhhh, algo más intenso que la Colbert –enseñando la pierna en Sucedió una noche para parar un coche en mitad de la carretera– se le clavó en el corazón. A sus quince años, mientras ¡raassss!, rizaba en virutas el hielo, sentado sobre la mitad de una nevera portátil de corcho, se enamoró de verdad de una mujer de carne y hueso.
Zeheb, la secretaria polaca, que se había presentado voluntaria en la Guerra Civil española, y había metido en el equipaje para la batalla un traje de noche del color de su nombre, levantó la copa mientras cimbreaba el cuerpo y bautizó el nuevo combinado con el nombre de cóctel Belalcázar.
El baturrillo de gente de diversos países del Hospital Americano y de su Comisariado Político, actuando al unísono, como si hubieran recibido una orden al toque de corneta, rompió el caos y todos se alinearon en fila delante de Ice Boy, que ¡rrraassss!, sacaba virutas finísimas del bloque del hielo y llenaba las copas que le sostenía el Dr. Whitte, quien luego regaba las esquirlas con champán si era una mujer la persona que esperaba en la fila o de whisky, si era un militar o un hombre de cazadora de cuero negro asándose en mitad del verano el que esperaba sediento. Los Brigadistas Internacionales tenían una elegancia decadente, no gastaban el mono azul de los republicanos intelectuales españoles, iban limpios, peinados y afeitados, con las botas brillantes, como si fueran los extras de una película en blanco y negro.
Cuando todos probaron el cóctel, el teniente-médico Whitte tomó a Zeheb de la cintura, la levantó por los aires y la sentó sobre la tapa del piano; se sentó en la banqueta, pulsó las teclas y con su hermosa voz de bajo, sudoroso y con los carrillos rojos como un tomate, comenzó a cantar It happened one nighit. Todos los americanos, rusos, polacos e italianos, con una algarabía de mil demonios y con un entusiasmo que acallaba el ruido de las bombas en la lejanía, corearon la canción. 
Ice Boy, mientras rascaba el hielo con el cepillo de carpintero, supo que la mayoría de los hombres que estaban en aquella fiesta de la casa de las Suaras también estaban enamorados de Zeheb, la secretaria polaca. La mujer coreaba con pasión las estrofas de la canción y su pecho, cubierto con la tela dorada, palpitaba sosegadamente, mientras seguía el compás que marcaba con la cabeza el Dr. Whitte, cuyos dedos arrancaban acordes perfectos de aquel desafinado y maltrecho piano. La  hermosa voz de bajo sonaba mágica y exótica. 
Todos, pero todos los que coreaban la canción, fueron silenciando sus voces como si hubieran caído bajo el hechizo de un conjuro, al ver como Röthig, el capitán alemán, se quedaba petrificado dentro de su cazadora negra de aviador y de sus botas altas de montar, mientras su cara reflejaba el odio que le inspiraba el pianista. Aquel tipo corpulento no necesitaba quedarse en camiseta como Clark Gable para seducir a todas las mujeres de la fiesta, le bastaba con alzar su voz. El capitán alemán respiraba cada vez más agitado, siendo testigo de cómo Zeheb se enamoraba de aquella voz.
Las manos de Ice Boy continuaban ¡rrrassss!, deslizando el cepillo sobre el bloque del hielo, pero ya nadie recogía las virutas para servirlas en copas, nadie hacía fila para tomar un cóctel Belalcázar. El alboroto había cesado y solo se escuchaba la voz de bajo del Dr. Whitte, mientras el cuerpo de Zeheb palpitaba bajo la tela dorada del vestido. El hielo que raspaba Ice Boy se acabó y empezó a sacar virutas de corcho con el cepillo, sin darse cuenta, pues no apartaba los ojos de aquella escena que había electrificado a los asistentes de la cena-fiesta. Röthig, echando fuego por los ojos, levantó la mano y todos vieron la pistola apuntando al pianista. 
Todos lo sabían, aquella sería la última canción que cantaría el teniente-médico Whitte, sus manos ya no volverían a extraer ninguna bala a ningún herido de guerra, y sabían, además, que jamás volvería a galantear con las secretarias de los altos mandos militares. 
Todos lo sabían, pero nadie hizo nada. 
Todos esperaron a que la canción llegase a su final para ver la bala entrando en aquella boca dotada de una hermosa voz de bajo. Solo escucharon unos gritos, los de Ice Boy, que se había arrancado un tira de carne del muslo derecho con el cepillo del carpintero.

Sevilla, febrero de 2019.

sábado, 16 de febrero de 2019

La primera Fiesta del Árbol celebrada en HINOJOSA del DUQUE


© María Dolores Rubio de Medina, 2019.

Cada vez que paso por delante de un mísero y voluntarioso árbol de nuestro pueblo, recuerdo el disgusto que se llevaba mi padre, cuando el Ayuntamiento, ordenada la compra y plantación de árboles, era incapaz de sacarlos adelante. El «palote» clavado en la tierra nunca crecía, le echaran agua o no –que era lo más habitual–. Por eso, y por el miserable aspecto que, durante mucho tiempo, tuvieron los árboles del Paseo, me quedé, desde los inicios de los 70, con la idea de que los árboles no crecían en las plazas de Hinojosa. Vagamente asocié el desastre con el frío y las heladas. Cuando era pequeña, todos los árboles que «eran árboles» eran más viejos que yo; los que tenían menos años, se helaban o crecían desmirriados, como faltos de vitaminas, no pasaban de ser «palotes»
Todo esto me ha venido a la memoria cuando he descubierto esta maravillosa foto publicada en LA HORMIGA DE ORO, el 10 de julio de 1915, de la «Solemne celebración de la fiesta del árbol» en Hinojosa del Duque, todo un documento histórico-antropológico maravilloso, que se encuentra en la maravillosa Base de Datos Digital de la Biblioteca Nacional.



Fotografia histórica, obra de G. Gil, con la primera celebración
de la Fiesta del Árbol en Hinojosa del Duque.
En la fotografía, debida a G. Gil –uno de los pocos cronistas fotográficos que hemos tenido la fortuna de disfrutar en nuestro pueblo–, parece estar todo el pueblo conmemorando la plantación de cuatro «palotes», como los que observaba con mi padre. Si tenemos en cuenta que esto sucede en 1915, no queda otra que pensar la maravillosa cultura medioambiental que tenían en aquella época tan lejana en la que no conocían esa palabra.
Procedo a cortar la fotografía en tres partes para que puedan observarla con más detalle: 
Fiesta del Árbol, Primera parte. (Foto G. Gil).

Fiesta del Árbol, Segunda parte. (Foto G. Gil).

Fiesta del Árbol, Tercera parte. (Foto G. Gil).


Aparentemente en el acto se encuentran las autoridades locales (alcalde y municipales vestidos de gala), mujeres (con sus mandiles limpios sobre largas faldas, moños o pañuelos en el pelo), hombres (ganaderos, profesionales independientes, obreros con gorras), escolares, etc. ¿Cuál es, pues, la explicación a esta fotografía? ¿Tan necesitada de diversiones estaba la población hinojoseña que bastaba la plantación de unos árboles para que se montara una fiesta por todo lo alto? Aunque no se puede descartar el aspecto festivo el acto, lo cierto es que todo tiene una explicación más simple: fue cosa de la ley, que impone lo suyo.
Las autoridades, ya sabemos como vestían un ¿alcalde? y los Municipales
de Hinojosa en 1915.

Aunque la Fiesta del Árbol se reguló mediante el Real Decreto de 11 de marzo de 1904, en el que se estableció que tendría por «objeto, además de los fines educadores que persigue, la siembra ó plantación de árboles en un trozo de monte público ó en lugar adecuado de sus cercanías, la for­mación de alamedas ó las plantaciones lineales a lo largo de los caminos y de los cursos de agua, según lo aconsejen las condiciones de cada término municipal»; lo cierto, es que, la que se celebró en Hinojosa en 1915, se realizó conforme a las disposiciones que se regularon en otra norma aprobada años después, cuando la fiesta se impuso de manera obligatoria mediante la aprobación del Real Decreto de 5 de enero de 1915 (publicado en Gazeta de Madrid de 6 de enero de 1915).
Al amparo del Real Decreto de 1915, las corporaciones locales tenían la potestad de fijar la fecha de la fiesta en sesión ordinaria. En la fotografía, publicada en el mes de julio, aparecen todos con unos atuendo bastante primaverales, cosas de la «moralidad» de la época, pues probablemente la fiesta se celebró en el mes de junio. El Ayuntamiento, tal como imponía su art. 1, estaba obligado a invitar a «todos los funcionarios, asociaciones y entidades, tanto oficiales como particulares», residentes en el término mu­nicipal. 
La fotografía mostrada es, pues, la constancia histórica de la celebración de la primera «Fiesta del Árbol» en Hinojosa, una vez que se le dio la categoría de obligatoria; y refleja la solemnidad del acto con la asistencia de las Autoridades (alcalde vestido para la ocasión con banda, obrero en mano y portando la bandera –pena que no podamos identificarla–; los municipales vestidos de gala con la correspondiente espada; funcionarios; profesionales liberales, empleados y trabajadores agrícolas, lo que se demuestra por los distintos tipos de sombreros que lucen, a diferencia de las mujeres que van con la cabeza descubierta o con un simple pañuelo, sin sombreros).
Las gorras y sombreros de los hombres. 01.
Los sombreros de los hombres. 02  

Respecto a las mujeres, se observa su forma de vestir de forma clara muy uniforme, son escasas las que tienen vestidos más elaborado; la mayoría vestidas con blusas y largas faldas, que cubren con un largo mandil hasta las pantorrillas, suelen ir peinadas con moño o se cubren la cabeza con pañuelos. En cuanto a los niños, dado que las escuelas y sus maestros eran elemento imprescindible de esta festividad, aparecen vestidos con ropas claras, en muchos casos con informes escolares. Muchos de ellos aparecen en brazos de sus madres, hay que tener en cuenta que en esta época la asistencia al colegio no era habitual. Durante los años 1930-33, el periódico Hinojosa se quejaba, frecuentemente, de la falta de plazas escolares para todos los niños del pueblo, los cuales, ante la imposibilidad de ir a clase, vagabundeaban por las calles, y ello cuando no eran sacados de la escuela, alrededor de los 10-12 años, para ayudar a sus padres en sus labores, especialmente en el campo. 
Niñas (posiblemente con batas escolares).

Grupo de mujeres muy uniformizadas en sus ropajes.
Cabezas descubiertas, cabellos en moño y mandiles como elementos identificativos.
Los Ayuntamientos tenían la obligación de consignar de forma obligatoria en los presupuestos los gastos necesarios (plantaciones, siembras, riegos, etc.) para la festividad del árbol, hasta el punto que los Gobernadores Civiles no podían aprobar «ningún presupuesto municipal sin que en él figure partida, por pequeña que sea, destinada al fin indicado», tal como establecía el art. 2 del Real Decreto de 1915.
Con todo no era el Alcalde y los Municipales los que más trabajaban en el transcurso de la Fiesta del Árbol, sino los Secretarios de los Ayuntamientos, los cuales estaban obligados a enviar al Gobernador de la provincia, por duplicado, una Memoria sobre la celebración en la que tenía que incluirse: “»a fecha en que se celebre, el número de árboles plantados, el número de asistentes á la solemnidad, señalando de modo especial los alumnos de las Escuelas que concurran, personas que más se distingan por su colaboración á las fiestas y estado de las plantaciones ejecutadas en los años anteriores. Los Gobernadores formarán una Memoria general de la provincia, en que deberán figurar todos estos datos parciales, y la elevarán a la Dirección General de Agricultura». 
En fin, que al margen de la maravillosa fotografía, muy en plan oficial, que nos permite conocer cómo eran los hinojoseños de principios del siglo XX, la política municipal, poco había cambiado en esa época desde los romanos –y especialmente como ahora, con un sarao fiestero casi cada fin de semana–, se aplicaba, muy frecuentemente, el consabido principio «pan y circo»; pues montabas el circo o te quedabas sin presupuestos.