domingo, 21 de octubre de 2018

1933: Testimonio gráfico del asesinato del alcalde de Belalcázar, Pedro José Delgado Castellano


El 24 de marzo de 1932, Belalcázar quedó profundamente conmocionada cuando tres obreros asesinaron al alcalde de la localidad, Pedro José Delgado Castellano (Retamalo). Los asesinos fueron Dionisio Gallego Cáceres (el Pintao), Juan Núñez Castellano (el Parrito) y Antonio Tobajas Valentín (el Cagón). Toda la historia de este desgraciado hecho, con sus antecedentes, ha sido magníficamente narrada por Feliciano Casillas Sánchez, cronista de la localidad, en su monumental obra El asesinato del alcalde de Belalcázar (Córdoba), Ediciones Litopress, 2013, 514 págs. cuya lectura recomiendo encarecidamente. 


Portada del libro de Feliciano Casillas Sánchez.

En la página 227 de su libro, Feliciano Casillas reproduce la imagen del cadáver del alcalde, que fue publicada por el periódico madrileño Ahora, 26/3/1933, pág. 22. La imagen apenas es visible por lo oscuro de la página del periódico, por esta razón, al haber localizado un ejemplar del periódico en la Biblioteca Nacional de España, en el que se aprecia el desgraciado hecho con bastante detalle, procedo a mostrarlo. 

Ahora, 26/3/1933, pág. 22.
Detalle de la imagen anterior.

El mismo periódico, Ahorael día 28/3/1933, reproduce una imagen de los asesinos (pág. 15) y otra de la comitiva del entierro del alcalde (pág. 16). 

Una imagen de los asesinos fue publicada, mediante un fotomontaje, sobre una foto del entierro, por el diario La Voz de Córdoba, 27-3-1933, pág. 10, como se expone en el libro El asesinato del alcalde de Belalcázar (Córdoba), en la pág. 237. La fotografía de los asesinos publicada por Ahora, es otra distinta de la ya conocemos por el libro de Feliciano Casillas.
Ahora, 28/3/1933, pág. 15.

Detalle de la fotografía,

En cuanto a la fotografía de la Comitiva del entierro, es la misma que, un día antes, fue reproducida por el diario La Voz de Córdoba, 27-3-1933, pág. 10, como se expone en el libro El asesinato del alcalde de Belalcázar (Córdoba), en la pág. 237.


Ahora, 28/3/1933, pág. 16.


sábado, 6 de octubre de 2018

El cuento de los «arbitrios sobre los toques de campana»



© María Dolores Rubio de Medina, 2018

Con esto de la polémica sobre la propiedad de la Mezquita de Córdoba, donde la historia se interpreta por quienes no son expertos en la materia, he recordado la polvareda que se levantó en el primer trimestre de 1933, en Hinojosa del Duque, en la idealizada II República. La mecha, ni más ni menos, la encendieron los socialistas. Al igual que en lo de la Mezquita, lo que se llamó «arbitrios sobre los toques de campana» fue un asunto propio de gente que, en lugar de arreglar los problemas, como estos les vienen grandes, se dedican a liarla, desviando la atención a cosas que manejan perfectamente, hasta que aparecen los héroes de turno y les desmontan el invento. Así que vamos con el cuento para descubrir esos héroes.


Fueron otras campanas, pero las soportó esa torre,
la de la iglesia de San Juan Bautista, la llamada "Catedral de la Sierra".

Érase que se era un pueblo llamado Hinojosa del Duque en el que, en el frío invierno de 1933, la Corporación municipal acordó sablear a la Iglesia, imponiéndole un impuesto originalísimo: sobre los toques de las campanas. La Corporación local, como todos los Ayuntamientos de todos los tiempos, necesitaba de recursos, así que se reunió en la correspondiente sesión y la mayoría socialista propuso lo que el semanario Hinojosa, 8/1/1933, núm. 119, definió como «Una proposición impolítica», por sugerir la imposición de «un arbitrio municipal sobre ‘toques de campana’». 

La plantilla del periódico –de izquierdas y firme defensora de la II República, no se vayan a creer–, no tuvo empacho en escribir en la primera página del periódico que aquella decisión era una «Novedad pintoresca de ciertos revolucionarios teatrales, que nos hacen recordar al maestro Ortega y Gasset cuando afirmaba que muchos hombres se obstinan en hacer ‘‘una República agria y triste’’». En definitiva, el Hinojosa, 8/1/1933, núm. 119, argumentó lo mismo que  pasaría con el famoso impuesto de la banca que quieren imponernos ahora, que sería el ciudadano el que tuviera pagarlo, porque «…no ha gravar para nada los ingresos del clero, porque este se limitará a incluírselo al feligrés». Deja claro que esa propuesta de recaudación era propia de sujetos en los que no había «cristalizado el verdadero y auténtico sentido de la República liberal y democrática».

Como es un cuento, tiene que aparecer algún malo cometiendo un despropósito. En nuestro caso fueron los concejales con su voto secreto. La propuesta socialista de imponer un nuevo tributo fue aprobada en sesión del Ayuntamiento el día 10/1/1933, en votación secreta; el resultado fue el siguiente: 9 votos a favor, 4 en contra y 1 en blanco (Hinojosa, 15/1/1933, núm. 120, pág. 4). 

La plantilla del periódico aclaró que no pretendía iniciar una campaña en contra de la medida; y menos mal que no lo hicieron, pues tiemblo de pensar el ensañamiento del Hinojosa, si hubiera hecho lo contrario. En definitiva, no dejaron pasar oportunidad para meterse con la Corporación local, publicando  con un toque irónico– que esperaban que la medida tuviera efectos retroactivos, para que, de esa manera, el Ayuntamiento, necesitado de ingresos, pudiera recaudar más por las bodas y los bautizos realizados, meses antes, por los que concejales que votaron a favor de la medida. Y aseguran que los defensores del impuesto argumentaron que «las creencias religiosas es un artículo de lujo, sobre el que debe de recaer el peso de un arbitrio» (Hinojosa, 15/1/1933, núm. 120, pág. 4). Además le recordaron a la Corporación que la medida ya se había intentado imponer, sin éxito, en una iglesia de Dos Hermanas (Sevilla), al haber prosperado el recurso que se interpuso contra ella. 

Por si fuera poco, pese a no hacer campaña, el Hinojosa no dudó en publicar un par de duros artículos en contra de la medida:

  • El primero de ellos está firmado con seudónimo, por Giraldillo, que describe el panorama de un pueblo que no paga el tributo, condenando «… a funerario silencio los bronces de nuestras iglesias no nos despertarán al rayar el aurora, para que acudamos presurosos a reanudar el cotidiano y regenerador trabajo; no alegrarán nuestra vida ni lloraran nuestros duelos en las irreparables perdidas de las prendas de nuestro amor; no saludaran al morir el día de laboriosos hijos de mi pueblo…» (Hinojosa, 29/1/1933, núm. 122, pág. 4).
  • El segundo, está firmado por Fermín Aranda Arias, quien escribe desde Teror (Canarias), y que, entre otros temas, se pregunta cómo se podrían computar los toques de campana. Propone la creación de un nuevo puesto de trabajo en la plantilla del Ayuntamiento para que fuera ocupado mediante la técnica del enchufe, el del «Inspector de campanas». El articulista, perplejo, se pregunta si el Ayuntamiento no tiene mejores cosas que hacer, y por si estuviera falto de ideas, le sugiere que podría dedicarse a arreglar el salón de plenos o a reparar las escuelas para que en los días de lluvia el material no se moje «como si estuvieran en plena calle» (Hinojosa, 5/2/1933, núm. 123, pág. 3).

Y ahora le corresponde entrar en escena a los héroes o mejor, dicho, a los «ángeles», de esta historia. Estos papeles fueron desempeñados por Ángel Martínez Ballesteros, párroco de la iglesia de san Juan Bautista, y Ángel de Tena Martín, párroco de la iglesia de san Isidro Labrador, los cuales tuvieron el atrevimiento de firmar el recurso que se interpuso contra el Ayuntamiento de Hinojosa del Duque por «el arbitrio municipal sobre ‘toques de campanas’» para que fuera elevado al Sr. Delegado de Hacienda de la provincia de Córdoba, a quien correspondía su resolución. El recurso fue publicado en su integridad por el Hinojosa, 12/2/1933, núm. 124. El semanario hizo un esfuerzo extraordinario, pues la transcripción del recurso ocupa casi tres páginas de un total de 10 que forman el número, esto demuestra lo revolucionada que estaría la ciudadanía de la época, pues se trataba, recuérdese, de un periódico que prometió no hacer campaña sobre el tema de los famosos toques.

El recurso está argumentado maravillosamente, a todas luces fue redactado por un buen abogado –aunque no tengo pruebas, me hace ilusión atribuir su redacción a Manuel Antón Garrido, director del Hinojosa, que no solo era propietario del seminario, sino también abogado–. 

En resumidas cuentas, los argumentos para pedir la supresión del impuesto sobre el toque de las campanas giran sobre la interpretación del artículo 27 de la Constitución de la República Española, de 9 de diciembre de 1931, del que reproduzco lo relevante para entender el asunto: «La libertad de conciencia y el derecho de profesar y practicar libremente cualquier religión quedan garantizados en el territorio español, salvo el respeto debido a las exigencias de la moral publica.
(…)
Todas las confesiones podrán ejercer sus cultos privadamente. Las manifestaciones públicas del culto habrán de ser, en cada caso, autorizadas por el Gobierno.
(…)».

El recurso consta de tres puntos diferentes que rebaten el derecho que tiene el Ayuntamiento para establecer el impuesto, cada uno de ellos demuestra que el Ayuntamiento de Hinojosa, en su sesión del día 10/1/1933, se había pasado, como popularmente se dice, cinco pueblos:

1.º- Los concejales habían aprobado un acuerdo ilegal, sin tener la competencia necesaria. Conforme al artículo 27 de la Constitución,  se tenía que dejar claro si «tocar las campanas» era un acto público o privado. Si se entendía que el toque era un acto realizado en un ámbito privado, el Estado solo tenía que «cuidar que no se falte a la moral pública; pero si el culto religioso se ejerce fuera de los lugares sagrados mediante manifestaciones en la vía pública, ya la Ley Constitucional requiere una previa autorización. Pero no de esta o de la otra autoridad, sino precisamente del Gobierno», no del Ayuntamiento. 
El recurso argumenta que el acto de tocar las campanas se realiza para cumplir con «ritos canónicamente incorporados a la práctica de la religión católica, puesto que por medio de aquellos se realizan las horas de oraciones preceptivas para los creyentes, se convoca a estos a la celebración de determinados oraciones preceptivas…»; y, por otro lado, que «los referidos toques no se ejecutan fuera del recinto de las iglesias». Es decir, que es una actividad privada, realizada de forma privada, por lo que al no ser una manifestación pública, no tenía que ser autorizada mediante la imposición de un impuesto por el Ayuntamiento. Y si se consideraba que era pública, la competencia sería del Gobierno, no del Ayuntamiento.

(Confieso que me deja un poco perpleja el argumento de que el toque de las campanas es una manifestación privada, pues entiendo que como se escuchan en todo el pueblo y más allá, es algo con repercusión pública. Supongo que el recurso podría referirse a que las campanas se tocan desde dentro del edificio propiedad de la iglesia).

2. º- El pago de contribuciones solo podía hacerse en el marco del art. 115 de la Constitución, que establecía que nadie estaba obligado pagar las contribuciones que no hubieran sido aprobadas por las Cortes. Se recurre el acuerdo porque, además, las Corporaciones locales solo podían exigir el pago de los impuestos incluidos en los supuestos regulados en el art. 326 del Estatuto Orgánico de los Ayuntamientos. Ninguno de estos supuestos se adaptaba al impuesto de las campanas. Imponerlo lesionaba «los legítimos intereses de los reclamantes y de sus feligreses, intereses que tienen un doble carácter, pues o son valores espirituales que por robustecer la formación moral del individuo alcanzan una alta estimación económica, o bien son bienes puramente materiales considerablemente prejuzgados con daños de fácil apreciación cuantitativa.
Los intereses del primer grupo sufren con el arbitrio acordado una lesión injusta por cuantos serán objeto de una coacción que se opondrá al desenvolvimiento pacífico y ordenado de una noble y desinteresada finalidad moral, cual es la que la religión católica tiene por misión y que está permitida por la legalidad vigente. Los intereses de segundo orden, los estrictamente materiales, serán así mismo perjudicados con igual injusticia toda vez que el arbitro establecido, quebrantando el principio de generalidad característico de todo gravamen fiscal recaerá solamente sobre una clase o grupo de vecinos, siquiera esta población constituyen ya la inmensa mayoría: Los que profesan la religión católica, no obstante tener reconocida constitucionalmente la legitimidad de su confesión religiosa» (Hinojosa, 12/2/1933, núm. 124, pág. 6).

3.º- Finalmente, porque el artículo 321 del Estatuto Orgánico de los Ayuntamientos dispone que las exacciones municipales tenían que ser aprobadas mediante una ordenanza, en la que debía de constar: «las condiciones en que nace la obligación de contribuir, las exenciones legalmente acordadas, las bases de perfección, los tipos de gravamen, las responsabilidades por su incumplimiento, la fecha de su aprobación, la del comienzo de su vigencia y el plazo en el que haya de permanecer en vigor».
Ordenanza que, como bien supone el lector, no existía.

Por todas estas razones, nuestros «ángeles» pidieron que se dejara sin efecto la aprobación «del arbitrio impuesto sobre los toques de campana».

Por si fuera poco, el periodicucho (lo digo con mucho cariño, pues soy admiradora recalcitrante de los redactores del semanario), sí, ese que dijo que no iba a hacer campaña, volvió con otro editorial en portada, en el número siguiente, donde informaban de que el documento presentado por los párrocos había sido leído en el pleno municipal, donde se estimó «que debía accederse a lo que solicitaba: es decir, elevarlo al Sr. Delegado de Hacienda de la provincia para que estudiase las razones que se expongan en contra de la imposición de dicho arbitro». El Hinojosa aclara que, aunque eso era lo que tenía suceder, lo extraordinario del asunto fue que al voto de protesta contra el arbitrio, realizado por el Sr. Leal, se le unieron otros concejales que antes habían votado a favor de su aprobación, y que  lo que «conviene advertir para conocimiento del lector es que esos hombres se manifestaron entonces bajo la fuerza de la disciplina y hoy piensan, hablan y actúan sin restricciones ni perjuicios entre nosotros» (Hinojosa, 19/2/1933, núm. 125, pág. 1). 

Así que, al final, va ser verdad, que el Hinojosa no hizo campaña en contra del impuesto, pues se abstiene de decir aquello tan socorrido, de que algún concejal pensara que «hay unos traidores entre nosotros», pues justifica el cambio del voto de una forma muy hábil y oportuna. ;-)

Y como colofón, el día de la Pepa, ese semanario, famoso por no hacer una escabechina del asunto, sacó una noticia –en su haber hay que decir que no la estampó en la primera plana–, en la que decía: 

«Pues teníamos razón!
La Superioridad declara ilegal 
el impuesto sobre las campanas».

Al parecer, la semana anterior, el Delegado de Hacienda de la provincia de Córdoba consideró «que el impuesto sobre las campanas no se apoyaba en precepto alguno, y en su consecuencia, ha procedido a eliminarlo del presupuesto municipal. Por si esto fuera poco, la superioridad advierte en unos de los Considerandos que el acuerdo no podría tampoco tener validez por no haber sido votado por la mayoría absoluta del Concejo» (Hinojosa, 19/3/1933, núm. 129, pág. 7).




Y colorín, colorado, este cuento ha acabado y, aunque las campanas de esta historia desaparecieron en la Guerra Civil, con el tiempo, nos trajeron otras, por lo que hoy podemos comer perdices y ser felices escuchando las campanas, libres de impuestos de toques; pero esquilmados por otros muchos.


miércoles, 5 de septiembre de 2018

Incursiones y compras de GEORGE BONSOR por Los Pedroches


María Dolores Rubio de Medina

El 22 de septiembre de 1922, George Edwarg Bonsor (1855-1930) describió, en una carta dirigida a su amigo Archer M. Huntington, las rarezas artísticas halladas en un viaje por la Sierra de Córdoba y por la frontera de Extremadura, donde había encontrado «algunos utensilios de hogar y de cocina curiosísimos, llamados espeteras, morillos, llaves, etc. y grandes clavos de cabeza ornamentada en hierro rizado…». En definitiva, Bonsor, el famoso coleccionista inglés de antigüedades y arqueólogo –por destacar alguna de sus actividades–, había descubierto la belleza de la forja y las singularidades que tenía la que se realizaba –y realiza– en el Valle de los Pedroches. Hinojosa, desde siempre, ha destacado en este campo. 

Bonsor era un señor nacido en Francia con una enorme cultura y un afán de coleccionista fuera de lo común, a lo que le ayudaba su fortuna, que restauró el Castillo de Luna de Mairena de Alcor. Realizó, al menos, tres viajes por Hinojosa del Duque y Belalcázar para comprar y ver objetos –que formaban parte de los ajuares familiares de antaño– y obras de arte.

La pista sobre sus viajes al Valle de los Pedroches, la encontré en un libro titulado Jorge Bonsor (1855-1930), escrito por Jorge Maier y publicado en 1999. En la pág. 235 de ese libro unas líneas citan a Hinojosa del Duque y a Belalcázar. Dicen lo siguiente: «El 2 de agosto (de 1912) viaja a Hinojosa del Duque y Belalcázar, en el Valle de los Pedroches. El 30 de agosto de 1912 viaja a Granada. El 26 de septiembre viaja de nuevo a Hinojosa del Duque y Belalcázar. (…). Del 4 al 21 de noviembre de 1913 viaja con Antonio Rodríguez, un intermediario, la Sierra de Córdoba: Pedroches, Dos Torres, Pozoblanco, Hinojosa, Belalcázar (…)»; es decir, que en un corto período de tiempo había visitado tres veces la zona por haber descubierto en la misma algo de su interés; sin embargo, el libro no facilitaba ninguna pista acerca de las razones de su estancia por la Sierra, salvo que, al parecer, estuvo de compras.

Buscando en el la página web del Castillo-Museo de Luna, no tardé en localizar a alguno de los responsables del museo y en saber que existía una especie de «Cuaderno de Campo» donde Bonsor anotaba, minuciosamente, las compras que realizaba en sus viajes. Me informaron que el  cuaderno se conserva en el Archivo General de Andalucía (Leg. 18, p. 10), así que contacté con el citado Archivo para que me mandasen una copia del cuaderno.

La anotaciones de la libreta están escritas, indistintamente, en francés y español, y en su primera hoja, aparecen escritas a lápiz la siguiente leyenda: «Compras y ventas. 1894-1923. Gastos en excavaciones, compras y ventas». Busqué la información sobre Hinojosa y sufrí cierta desilusión, pues había esperado que hubiera comprado algún cuadro interesante, procedente de algún convento, puesto que en la época en la que Bonsor visitó la localidad, nuestro pueblo aún no había sufrido la destrucción ni el expolio de la Guerra Civil; cierto que sí había padecido el de la Invasión Francesa. No era así, las compras, fueron de las cosas que, al principio de estas líneas, explica a su amigo Archer: objetos de cocina, ajuar y menaje de casa. No dudo que cosas similares a las que compró, se encuentran colgadas o expuestas en el Museo Etnológico de Hinojosa del Duque.

Los datos de las compras, junto con el precio que pagó por ellas –alto, pienso, pero no hay que olvidar que su procedencia francesa e inglesa, Bonsor estaba acostumbrado a unas monedas que, al cambio, resultaban muy favorables con respecto a la peseta española–, demuestran que, a principios del siglo XX, Hinojosa y otras localidades de los alrededores tenían cierta industria de excelente calidad en los sectores del hierro y del textil.

Sin más, pasamos a conocer qué objetos compró Bonsor:

En la pág. 119 del Cuaderno de compras y ventas, de su puño y letra, escribe en español: 

«(2 de agosto de 1912) 
Comprado en Hinojosa del Duque (Córdoba) y Belalcázar- del distrito serrano llamado “Valle de los Pedroches” —- Por conducto de Antonio Rodríguez —-

15 toallas de deshilado, de 4,50 a 8,00. — 78,50
1 toalla deshilado ——————————   15,00
Una  toalla bordada —————————    50,00
Una toalla deshilado fino. 3 guardillas —    30,00
Enaguas blanca-serrana (deshilado) —      25,00
                                             Ptas.              198,50.

Hierros Rizados  del Valle de los Pedroches
Una espetera completa ———45,00
Otra ———————————  35,00
Otra ———————————  25,00
Otra ———————————  32,00
2 espeteras pequeñas- cta. — 15,00
11 Clavos de flor —————    55,25
18   “    “      “       —————— 54,00
2 murillos.  ————————     3,50
3 murillos a 8,00 —————— 24,00
2 aguadores giratorios ——— 10,00
2 paletillas ————————   12,00
2 llaves —————————— 12,00
2 ganchos ————————      2,00
                                 ———————
                                           Pts.  333,75

Cobres
Media arroba ——————— 10,00
Media cuarta ———————   7,00
6 escalfadoras a 4,00 ——— 24,00
2        “             a 6,00 ——— 12,00
1 sopera ————————      7,00
1     “       ————————      6,00
1 brasero grande ———-—  25,00
1 brasero chico ———-—       15,00
Una Cantara grande —-—     20,00
1 olla ———————-—        20,00
     “  —————————         8,50
2 calentadores de cama —     20,00
                                         ————-
                           pts.       174,50»


Las compras contiúan en la pág. 121 del Cuaderno:

«Madera
Estribos de madera —————————- 6,00

Cerámica
Cuencos Talaveranos
1 cuenco grande ——————  5,00
1   “          “         ——————    6,00
2   “         medianos    ———  11,50
2 fruteros     ———————       3,50
2 platos con escudo y cigüeña 11,00
3 bacias de afeitar —————    9,50
10 platos —————————  16,50
                                          ———-
                                  pts        63,00

Cristal

Un vaso grande dorado ———   20,00
un  vaso grabado ——————    6,00
 “      “       —————————     5,00
                                            ———-
                                         pts 31,00»

Al parecer, la comisión por el conjunto de compras que pagó al intermediario fue de 125,00 ptas.

Las fotografías que siguen, procedentes de las carpetas de diapositivas que realizó, en su día, Pablo M. Rubio Ramos, muestran objetos similares a los que aparecen en la lista de Bonsor.


Muestra de enaguas hinojoseñas fotografiadas en 1972.

Cocina de "La Ñora", fotografiada en 1974

El calientacamas ofrecido como ejemplo es el del medio, fila de abajo,
procede de Guadalupe


En cuanto a los clavos, Joaquín Chamero Serena (Cronista de Belalcázar), ha tenido la amabilidad de remitirme la siguiente serie de fotografías, tomadas en Belalcázar, donde se aprecian las peculiaridades de alguno de los modelos de clavos con cabezas en flor o de hierro rizado; imágenes que permiten que nos hagamos una idea de los objetos que impresionaron a Bonsor.



 


     










En la página 23 del Cuaderno, de su puño y letra, y en francés, Bonsor escribe unas líneas que no he logrado descifrar completamente, por lo aplastada de la letra. Lo que he podido desentrañar es lo siguiente:

«Le 26 Sept. 1912
Voyage a Hinojosa del Duque et à Belalcázar — Pour voir
dans un convent (de la Columna) de cette dernier ville un ¿?
Triptyque de Albrecht Bouts, un panneau  de Juan o Diego Sánchez
pintores et un candelabre de bois ¿? de Laints du XV siècle.

Sin achété. Dépuis du voyage = 182,70»

Al parecer fue un viaje que realizó con intención de ver algunas obras del Convento de Santa Clara de la Columna de Belalcázar, que desconozco si se conservan en la actualidad:

  • Un tríptico del reputado pintor flamenco del siglo XV, Albrecht Bouts.
  • El segundo objeto, pudiera ser un panel de Juan pintado por Diego Sánchez. Creo que se refiere al pintor granadino Diego Sánchez Sarabia, que vivió en el siglo XVIII. Desconozco si en la actualidad se conserva un panel de estas características en el Convento; sin embargo, no hay que olvidar que el apellido Sarabia sí forma parte, en la actualidad, del patrimonio del Convento, al conservarse el cuadro titulado Tobias y el Ángel de Andrés de Sarabia, en el Refectorio del Monasterio (Vid. Sara Aranda Moreno y Eugenia Lara Cabrera: Mística y Arte en Santa Clara).
  • Un candelabro de madera tipo fuente, recubierto de pinturas, del siglo XV.

Aunque nuestro coleccionista no realizó compras de ningún tipo, tal como él mismo se ocupa de señalar en el cuaderno, no tiene mucho sentido que se desplazara simplemente para ver los citados objetos; y más conociendo su afán por recopilar objeto del arte popular o del arte con mayúsculas, cosa que realizaba con frecuencia, pues en el cuaderno se reflejan adquisiciones realizadas en otros conventos. Por ello, lo más probable es que pretendiera adquirir alguno de los objetos que le mostraron, sin conseguirlo. En todo caso, las notas de Bonsor muestran, ante todo, una parte del rico patrimonio que atesoró –o atesora, si aún se encuentran en su poder– el monasterio de Santa Clara de la Columna. 

Aún sin compras, el gasto de ese viaje fue de 182,70 pesetas.

El tercer viaje realizado por Bonsor a Los Pedroches se describe en la pág. 132 del Cuaderno. La nota está escrita en francés y dice lo siguiente: «Vóyage con Antonio Rodríguez à la Sierra de Córdoba-Pedroches, Dos Torres, Pozo Blanco, Hinojosa, Belalcázar, —otra, Pedro Abad, Adamúz, Martos, Baena, Lucena, Aguilar et Montilla. Du 4 au 21 Novembre 1913. 18 jours».

Durante este último viaje, al parecer, solo realizó adquisiciones en Aguilar y Martos, en este último pueblo adquirió un cuadro de Matías Jimeno de 1956, por 416 pesetas en total (coste + corredores)

Tras leer estas líneas, es evidente que, cuando visitemos de nuevo, el Museo Etnológico de Hinojosa del Duque, muchos miraremos los objetos expuestos que son para nosotros corrientes por haberlos visto, en nuestra infancia, en casa de nuestro abuelos– con otros ojos, e intentaremos localizar alguno similar a los que compró Bonsor. Sin duda, alguno de los objetos de la lista estarán expuestos en el Castillo de Luna de Mairena de Alcor, un destino que añado a los lugares futuros que, más pronto que tarde, tengo el propósito de visitar.

Sevilla, 6 de septiembre de 2018


Fuentes consultadas:

  • Epistolario de Jorge Bonsor (1886-1930). 
  • Jorge Bonsor: «Cuaderno de Compras y ventas. 1894-1923. Gastos en excavaciones, compras y ventas».
  • Jorge Maier: Jorge Bonsor (1855-1930). Un Académico Correspondiente de la Real Academia de la Historia y la Arqueología Española; Real Academia de Historia, Madrid 1999.
  • Sara Aranda Moreno y Eugenia Lara Cabrera: Mística y Arte en Santa Clara, Ediciones Litopress, Córdoba, 2017.
  • Fotografías de Joaquín Chamero Serena y Pablo Manuel Rubio Ramos.

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sábado, 18 de agosto de 2018

Cuando confundo «la Vaquera» con el reloj de la torre de la Catedral de la Sierra



© María Dolores Rubio de Medina, 2018

Había una vez, en los años treinta del s. XX, un sabio y atinado periódico llamado Hinojosa, crónicas independientes, que unos meses después de implantarse la II República, publicó un editorial titulado: En defensa de nuestra Torre. El editorial ocupó, exactamente, la mitad de la primera plana, con la que se marcó un alegato en defensa de la cultura por la estrechez de miras de los dirigentes que ocupaban el Consistorio hinojoseño.

¿Qué torre fue esa? ¿La estilada torre del Ayuntamiento que se levantó en los años 60, creo? ¿Ese rectángulo recubierto de granito y coronado con un reloj, tozudo como él solo, que se empecinaba en llevarle la contraria a todo el pueblo y solo marcaba las horas, a buenas, dos veces al día? ¿Esa que echaron abajo para convertir nuestro Ayuntamiento en un edificio corriente? 

Nada de eso, aunque podría valernos. La torre del reloj a la que me refiero era la misma que asistió, impávida, al desmoronamiento de la puesta en escena de la VII edición de la Vaquera: la torre de la Catedral de la Sierra. Y digo al desmoronamiento en mi humilde o impertinente opinión, –como prefieran–; aunque, pese a todo, me produce muchísima vergüenza reconocer que las cosas no salieron bien.

Pero vayamos a la torre y al editorial de mi idilotrado Hinojosa, 4 de octubre de 1931, núm. 54, pág. 1, para iniciar la lectura:

«En defensa de nuestra Torre
La profanación de las obras artísticas en España es un fenómeno tan general que difícilmente podrá salvarse ningún pueblo. En Hinojosa del Duque como tanto otros sitios, las piedras doradas de nuestra iglesia de San Juan se han embadurnado con el reberante encalado, frustrando a la contemplación uno de los espectáculos más hermosos, por si fuera poco, alguien –con la mejor intención de seguro– logró colocar en el último término de nuestra torre un soberbio reloj que con los parches de sus cuatro esferas, parece querer ocultar algún sarpullido a la piedra. 
El aditamento que comentamos, no puede ser más perjudicial a la gracia, a la esbeltez de nuestro primer monumento. Hace unos días precisamente, Corpus Barga, el ilustre escritor y excelente catador de bellezas, se lamentaba sinceramente de la colocación del reloj en ese sitio, por considerarlo como un verdadero atentado artístico.
El interesantísimo artículo que Aranda Arias ofreció en estas columnas a los lectores de HINOJOSA, nos ha movido a romper una lanza en defensa del prestigio artístico de nuestra torre, solicitando del Concejo el correspondiente acuerdo para que sea trasladado a otro lugar más adecuado. Creemos que en ello no ha de haber inconveniente alguno y nadie pueda sentirse herido en su susceptibilidad, puesto que tan solo se debate una cuestión de protección artística. Acceder a lo que solicitamos, será dar una prueba palmaria de depurado gusto y testimoniar que los asuntos espirituales merecen de hecho la atención de un Ayuntamiento democrático».

No, no es una leyenda, para demostrar el texto, nada mejor que esta fotografía, que pocos conocen y de la que, desgraciadamente, no puedo citar el autor porque lo desconozco. En ella aparecen los dos desastres que en 1931 acicalaban a nuestra  Catedral de la Sierra: el encalado y el reloj.



Pues eso, como el reloj, hay que cambiar ciertas cosas de la Vaquera, si quieren que se quede: tendrán que lograr que los visitantes que vienen de fuera no vuelvan a irse disgustados por no haberla visto, pese a tener adquirida la entrada, porque falló la luz; o que pocos se vayan descontentos por haberla visto. Tendrían que conseguir que la mayoría de los críticos se vayan contentos (aunque es justo decir que pocos han osado levantar críticas). Que no exista gente que abandone la representación a medio ver, harta de aburrimiento y de que la distrajeran los vaivenes del señor director, en puntas como una bailarina, que se pasó el acto señalando exageradamente con el índice –como si fuera uno de los actores de la obra– para indicar al luminotécnico el momento justo en que tenía que encender las luces. Que no existan espectadores mareados con las idas y venidas de los ayudantes del director, que no hacían sino levantarse y sentarse sobre los baúles de los equipos, distrayendo a toda la fila de los espectadores que estaban detrás de ellos; y, sobre todo, tendría que haber un buen libreto que enlace bien todas las escenas. 

La de 2018, ha sido una edición que, salvando el buen hacer de los actores que pusieron sus fuerzas y talento desinteresadamente, y de los encargados del vestuario, hay que olvidar cuando antes.

Detalle del reloj.
Hay que pasar página, pero recordando lo malo para no volver a cometer esos errores, por eso hay que mejorar la próxima edición –si llega–, haciendo lo primero que hay que hacer: sacando el «reloj» y todos su engranaje sobrantes de escena, aunque en este caso, como todos ellos tienen piernas, podrían irse solos a su casa. Hay que volver a empezar volviendo a los orígenes; pero como la cosa no da más de sí –en ediciones anteriores, riadas de gente pasaban por mi calle, camino de la representación, estaba vez no ha sido así, lo que demuestra que la obra ya no levanta multitudes–, lo mejor sería  darle la vuelta a toda la puesta en escena, convirtiendo la plomífera historia en un musical de principio a fin, por ejemplo, para lo cual, volvemos otra vez a lo mismo, hay que contar con un excelente libreto.

Quedarían cuatro años, que son suficientes para lograr que la representación vuelva a ser la historia de la Vaquera y no la de un marqués. El  Santillana y sus descendientes, ya se llevaron, en su día, toda la lana, pero ahora son Hinojosa, las instituciones públicas, los patrocinios privados y los hinojoseños pagando sus impuestos, los que ponen el dinero necesario para para seguir cardando lo poco que ha quedado. Que yo sepa –al menos no lo he visto publicado en ninguna parte–, no fueron los cuartos personales del productor ejecutivo los que se fundieron, como la luz en el segundo día de la representación, para poner la obra en escena.

Y para terminar, parafraseando a mis ilustres antecesores en aquestas cosas de la cultura, creo que –en mi humilde, irrespetuosa o vergonzosa opinión, sirvánse a gusto en el adjetivo que les plazca ponerme, que el castellano es de riqueza pródiga en lo tocante a los insultos y hay dónde elegir– , aquí «tan solo se debate una cuestión de supervivencia artística. Acceder (…)  será dar una prueba palmaria de depurado gusto y testimoniar que los asuntos culturales merecen de hecho la atención de un Ayuntamiento democrático», o la Vaquera no vino para quedarse.

Que por saber, hasta sabemos que el encalado de la Catedral y el reloj de la Torre desaparecieron, pero este, no lo olvidemos, hasta el último instante, dio guerra, así lo cuenta, el Hinojosa, crónicas independientes, 29/11/1931, núm. 62, pág. 7 en: 




                      


Sevilla, 18 de agosto de 2018.